jueves, 5 de marzo de 2009

Capa de moho sobre los sueños


Hay una capa de color verde oscuro, con una textura que a los ojos parece aterciopelada. La he encontrado hoy al bajar al sótano. Estaba cubriéndolo todo. Las cajas abiertas y las cajas sin abrir. Los cuadernos. La guitarra. La butaca y hasta la lámpara. Una hilera fina y verde también sobre los plintos, dando la vuelta a la habitación. Esta capa verde sobre mis cosas en el sótano hacía las veces de guardián malvado, vigilante, callado y quieto como sólo pueden los malos. Por ese miedo tan quedo no me he atrevido a tocarlo. He mirado en silencio lo que se adivina bajo la capa verde y recordado el momento en que lo abandoné todo. Lo abandoné todo cuando cumplí quince años. Una noche. Mi padre había muerto hacía unos meses y yo me emborraché de ginebra, dejando mi cuerpo escuálido de cincuenta kilos de peso a unos pasos del otro lado del río. El pinchazo en el anular de un médico que vino a mi cama de madrugada me devolvió a la vida sin nada en el pecho, ni en los bolsillos. Lo había dejado todo en algún sitio pensando, quizá, que no volvería. Pero volví. Vacía. Pero volví. Desde entonces lo he abandonado todo cada vez. Religiosamente, he abandonado cada semana los sueños que nacían, a la manera de los conejitos de Cortázar en el armario de la calle Ruipasa en Paris. Con el tiempo, claro, ha crecido esta capa que se posa sobre todo lo abandonado, la misma que encontrábamos cada septiembre sobre la carne de membrillo. Lo que me pregunto ahora es si los sueños permanecen también en conserva ahí abajo. Sería cuestión de averiguarlo. Sería cuestión de tener agallas y averiguarlo. Yo, de momento, estoy aquí sentada en la penumbra húmeda mirándolo todo. Sólo pensando. Sobre todo en aquel día. Que mi padre había muerto significaba, sobre todo, que una parte de mí había quedado amputada, al menos de momento (lo que a los quince años es lo mismo que decir para siempre). Si se amputa la parte de uno que tiene raíz hacia la tierra, lo que queda es una suerte de esfera alada y caprichosa. Y si los hilos de uno están agarrados a ese palo, bueno, emborracharse de ginebra es una opción que vale la pena contemplar. Había pasado el día entero en el campo. Lo bueno de aquel día es que no tuve que irme sola, es decir, por una vez había logrado llevarles a todos. Había logrado meterles , vía intravenosa, la retahíla esa de que en la vida hay que hacer cosas inmensas cada puñetero día. Y, claro, por una vez, vinieron. Anduvimos cuesta arriba, campo través, sorteando arbustos y pasándonos una botella de vino, lo que nos infundía, a cada paso, la creencia de que éramos inteligentes, muy por encima de los filósofos que estudiábamos entonces. Llegamos a una cabaña de piedra, cerca del punto geodésico desde donde, al parecer, podíamos ver la sierra de cádiz y el inicio de otro continente. Allí mordisqueamos una patata cruda. La estupidez de la patata cruda nos ayudó a sentirnos conectados con la naturaleza, con lo más salvaje que albergábamos en el pecho, y que todos los demás -"estúpidos ignorantes"- habían olvidado. Después de disertar torpemente sobre Nietzsche, el lenguaje y el pensamiento, volvimos al pueblo. Nos esperaba un concierto. Un grupo llamado "Flores pobres" nos taponaría los oídos por unas horas. Yo vivía flotando, cuando vivir flotando significa que la comida y el sueño son detalles para gente aburrida. Metí un puñado de risas y unas copas de ginebra dentro de mi estómago vacío. Y treinta minutos después estaba en el suelo, viéndole la cara verde a la muerte y deseando, por otro lado, darle un fuerte abrazo de bienvenida. Así las cosas, al día siguiente por la mañana supe que lo había dejado todo en algún sitio. Y desde entonces abandono cosas, religiosamente, justo en el instante en que parece que se las puede empezar a llamar sueño.

Te agradezco cada momento en que elegiste pasar tiempo sola,
escribiendo, leyendo, paseando.
Te agradezco los ratos de dolor en que tomaste la espada
y aceptaste el duelo bajo el sol de mediodía,
en lugar de huir a nidos confortables bajo sombra.
Te agradezco las batallas contra pensamientos infames
y las veces en que partiste una lanza por tu libertad.
Te agradezco las desviaciones hacia la verdad
que te hicieron tomar el camino estrecho y tortuoso de ser tu misma,
dejando a un lado los elogios y la comodidad de un carril llano y sólido.
Te agradezco el brazo firme, tantas veces, cuando tu voluntad
presidió solemne el tribunal de las ganas.
Te agradezco la valentía de decir no,
dando un grosero portazo a las malas compañías.
Te agradezco la ternura con que tomaste en las manos
tu inevitable manojo de miserias,
y esos perdones difíciles que te diste a tiempo
cuando el orgullo dictador te instaba al castigo.
Te agradezco que imaginaras poderoso fuego
donde no había más que una minúscula llama
en medio de un terrible negro.
Te agradezco, en fin, que cambiaras por lucha la derrota,
y por vida el miedo.

Dedos


Mis dedos son las metrallas que disparan las palabras
Mis palabras son las balas que agujerean las paredes
Mis paredes están también agujereadas
A golpe por día
Hasta que caigan
Y no me separe de los otros más que el aire transparente.




Mis dedos son las metrallas que disparan las palabras
Mis palabras son las balas que agujerean las paredes
Las paredes son los monstruos que nos separan
Las distancias son las hadas que nos engañan
La mentira es un gas que todo lo arrasa, todo lo engulle, todo lo apaga.

Mis dedos son las metrallas que disparan las palabras
Mis palabras son las balas que agujerean las paredes

Puentes

Este es el orificio que me abrirá en canal de cara al mundo...