jueves, 10 de septiembre de 2009


El tranvía (o trenvía, como debiera llamarse) es como una flecha cargada de poesía clavándose en la atmósfera de la ciudad. Y es entrañable que, en medio de tanta tecnología y velocidad, el maquinista avise de su llegada con una campanita. Cada vez que oigo ese dulce ruidito me caen encima unos siglos de historia y me reconcilio con mi condición humana. Deberíamos conservar esos tiernos detalles tan nuestros. El timbre de las casas, por ejemplo: siempre ha sido un din-don que auguraba una feliz visita (din-don parece decir ¡Hola! ¿Me invitas a pasar? ¡Tomemos un té y charlemos!), pero va convirtiéndose cada vez más en un prrrrrrreeeeee que parece decir ¡Abre de una vez, no ves que tengo cosas que hacer!!. Mi felicidad, me doy cuenta ahora, está construida con trocitos así de livianos: una pastilla de jabón que huele a mi abuela, una canción que me lleva a mis dieciséis años, una flor sin raza que aparece en una maceta abandonada, el pelo despeinado de Mara cuando se levanta con los ojos hinchados de sueños, la guitarra de mi amado poeta de notas, un lápiz de madera que huele a bosque, la primera lluvia de septiembre refrescándome el pecho...) Me parece haber estado siempre flotando en la abundancia.

1 comentario:

  1. Como están las cosas tan mal, un pescadero decide salir de la ciudad a vender su mercancía y coje el tren y se baja en un pueblo cercano, se acerca hasta el primer gruppo de casas y pulsa un llamador, sonaba algo así como "prrrrrrreeeeee", en eso que sale una señora y decide comprarle algo preguntando:
    "¿esa doradita de ahí es buena?"
    A lo que el pescadero responde:
    "Señora en los trres meses que lleva conmigo problema no ha dado"

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